Operación Tempora: el plan de Reino Unido para espiar las comunicaciones

Estos últimos días están siendo especialmente prolíficos en cuanto a noticias de espionaje realizado por los gobiernos de EE.UU. y Reino Unido, principalmente por la información filtrada por Edward Snowden (al que decenas de periodistas le deben estar “agradecidos” por hacerles volar de la fría Moscú a la calurosa Habana y no presentarse para ocupar su asiento) y su posterior publicación escalonada por parte del diario británico The Guardian.

Gracias a esto hemos conocidos los detalles del proyecto Prism o de cómo se espió a mandatarios del G20 durante una cumbre celebrada en 2009. No obstante, parece que aún queda mucha información interesante que desvelar. Como ejemplo tenemos a la operación Tempora, desarrollada por el gobierno del Reino Unido a través del organismo GCHQ (Government Communications Headquarters) o lo que es lo mismo, una de sus agencias de espionaje.

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En este elaborado plan se explica cómo controlar todas las comunicaciones posibles que se realicen, bien a través de Internet o de llamadas de móvil. Esto implica interceptar, almacenar y analizar una ingente cantidad de información, obtenidos tanto de llamadas telefónicas como de datos tomados directamente desde los cables de fibra óptica.

Esto implica el análisis de comunicaciones privadas entre usuarios completamente inocentes,  pudiéndose llegar incluso a interceptar y analizar llamadas, correos electrónicos, comentarios en foros o cualquier publicación en redes sociales. Obviamente, sobre el papel todo esto se haría en aras de la prevención de actividades delictivas como el terrorismo.

Los números que se manejaban eran espectaculares: hasta 600 millones de “eventos telefónicos” (que suponemos incluyen llamadas y mensajes) por día y más de 200 cables de fibra óptica pinchados, de los cuales se podía procesar hasta 46 al mismo tiempo. Esta cantidad de cables podría ser capaz de entregar hasta 21 Petabytes (21 millones de Gigabytes) de información al día.

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Esta política de recopilar el máximo de información posible no tendría mucho sentido si luego no se contase con un sistema de análisis que lograse separar el grano de la paja, ya que es humanamente imposible analizar todos los datos interceptados. Según algunas fuentes citadas por el periódico británico, hay ciertas acciones que activan una alerta, por lo que esta agencia de espionaje solo tiene que centrarse en analizar esta información. No obstante, esto no evita que se produzcan falsos positivos y que, seguramente, más de un ciudadano inocente se haya visto involucrado en esta trama por un mal análisis de la información.

Hay que tener en cuenta que tanto Estados Unidos como Reino Unido cuentan con una posición privilegiada a la hora de realizar este tipo de espionaje, y es que, tal y como apunta Chema Alonso en su blog, la mayoría de cables submarinos que unen Europa con América del Norte se encuentran entre estos dos países. Con esta importante ventaja estratégica el control de las comunicaciones entre ambos continentes era solo cuestión de tiempo. Si además sumamos a esto la presencia de las principales empresas tecnológicas en suelo americano, ya tenemos el combinado perfecto para controlar Internet.

¿Y qué podemos hacer los usuarios frente a esto? Aparentemente, poca cosa, aunque podemos mejorar nuestra privacidad utilizando redes que garanticen el cifrado de nuestras comunicaciones, como Tor, o cifrando todos aquellos mensajes con sus respectivos adjuntos que no queramos que sean vistos por miradas indiscretas, por más que le pese a la NSA.

No obstante, hay algo que sí podemos hacer y es mostrar públicamente nuestro desacuerdo con estas medidas. Por mucho que se esté oyendo últimamente que no se puede compaginar la privacidad con la seguridad total, nuestra información es nuestra y no debemos consentir que empresas y gobiernos la utilicen en su beneficio o incluso en nuestra contra. Solo con una respuesta unánime por parte de todos los usuarios podremos ayudar a mantener Internet como el lugar libre que nunca debió dejar de ser.

Josep Albors

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